lunes, 2 de enero de 2017

Inframundo.

Un edificio alto, oscuro y metálico repleto de polvo negro se erigía ante mi. Cogí aire con fuerza y decidí entrar por las puertas automáticas. En la entrada todo era oscuro también, todos los muebles, las paredes, todo. Entrar allí era como entrar al inframundo solo que no era para morir, ya había muerto otro por ti. El personal eran esqueletos con la piel pegada y trajes negros. Pregunté en el mostrador de la entrada y con una voz pausada y dulce me respondió la señorita que lo atendía. Me dio un escalofrío y me fui.
Llegué al ascensor y esperé con un par de mujeres llorosas y moqueantes. No quería pensar en lo que me esperaba, la verdad. Se abrieron las puertas y suspiré. Presioné los botones por los tres y esperé con agonía llegar a mi piso pero el alivio no me esperaba al otro lado de las puertas. Llegamos a mi piso y me congelé un segundo, me crují el cuello, me aflijo la corbata y salí del ascensor. Entré en un pasillo amplio y grande lleno de puertas y sillones chester. Todo estaba invadido por gente seria, triste, llorando, consolando y susurrando. Busqué el numero de sala que me había dicho la señorita de abajo. Una vez lo encontré pregunté a una mujer que encontré cerca. Parecía triste pero no derrotada, no debía ser íntima o sería una mujer fuerte. Tenía los ojos perfectamente maquillados y un pañuelo doblado en las manos. Me señaló a la viuda y al verla me quise morir yo también. Al verla no vi a una mujer, vi a un fantasma lleno de dolor y agonía. Un ente con el cabello recogido, ropas negras y la cara completamente blanca y llena de ojeras y pliegues pesados. Estaba agarrada con intensidad y poca fuerza a un joven serio y con los ojos perdidos en el hueco que había entre la gente, como esperando a alguien que no llegaba. Se me rompió el corazón. Me acerqué con delicadeza y completamente vacío de palabras. Me dirigí a ellos y la señora rompió a llorar más fuerte y el joven me señaló unos sofás que había en la sala. Dejó a la señora con otro joven de menor estatura y casi mayor entereza, debía estar aún en shock.
El joven me ofreció un café y se lo acepté. Fue como un porche en una calle vacía en un diluvio. Le comenté todo lo necesario por el momento y me dio su tarjeta. Él se encargaría de todo, su madre debía descansar y ahora él sería el hombre de la familia y tenía que actuar como tal. Asintió con entendimiento, relleno el formulario y firmó con su pluma cada documento que yo le enseñaba.
Le tendí la mano y le di el pésame. Intenté acercarme a la viuda pero ya estaba demasiado rodeada de fantasmas. Me despedí de la chica que me había ayudado y me marché de allí despacio. No quería que pareciera que deseaba irme de allí cuanto antes aunque así fuera. Esperé al ascensor y bajé. Salí directamente del edificio sin pararme a mirar nada. Me paré a unos metros de las puertas automáticas, levanté la mirada y empecé a respirar de nuevo. Me encendí un cigarrillo y me dejé llorar. Dicen que es bueno hacerlo y dejé que el dolor de mi pecho se apoderara de mi mientras me alejaba de aquel lugar sin mirar atrás.

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