jueves, 1 de diciembre de 2016

Nirbla

La marea trajo la muerte. Aquel día algo en mi murió y dejé su cadáver en la orilla abandonado. Me fui de allí con un vacío en el pecho, pero no me importó. Solo era uno más en mi colección de dolores y huecos. El cielo nublado y gris con negrura en el horizonte auguraba tormentas y protagonizaron el funeral. La arena en realidad es un cementerio de conchas y rocas muertas como yo. No estábamos fuera de lugar, solo yo estaba viva allí.
Me subí al coche con los ojos y los cristales empañados. La radio quiso acompañarnos empeorando el ambiente y una parte de mi se iba resquebrajando con cada bache. No sabía a donde ir.¿ A casa a llorar? ¿A algún café para no dormirme con la tristeza acurrucada? Me fui a verte, pero no estabas. Me quedé sentada en el escaloncito de la puerta de tu casa y fumé, y fumé mucho. También lloré y lloré mucho. Te escribí una nota y la dejé en tu buzón tres horas después completamente derrotada. Me fui a casa.
Me emborraché a ver películas terribles para apagarme el hilo de pensamiento. Es que a veces me golpea muy fuerte desde el sótano y no lo se parar. Me fumé otros mil cigarros y me bebí otros mil tés con miel para no arrancarme la garganta de cuajo buscando mi voz más tarde.
Me cambié de ropa y decidí dejarme morir en el sofá con la música más triste que tenía. Me morí tanto que me desperté por la mañana, pronto a eso de las seis con un hambre atroz y un apetito inexistente, pero decidí comer algo. Me ahogué en un café y me comí todo el chocolate disponible. Miré el telefono con cien llamadas tuyas y te llamé con la voz aún quebrada. Decidiste venir a verme y abrazarme mientras me dejaba morir. A ratos me matabas tu de risa de golpe en las costillas y te dejaba ganarme sin defenderme. Aquel día me salvaste y no rechisté. Ahora quiero que me abras la puerta que quiero salvarte yo.

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