miércoles, 25 de febrero de 2015

El día del silencio

Cuando entré en aquella sala inmensa y vacía, me sentí abrumado por la ausencia de todo. Me senté en la sobria y única silla que había, situada en el centro de la habitación. Una señora muy seria y tan sobria como la habitación entró y se sentó en una silla que traía consigo. Iba de gris con un conjunto de pantalón y americana. Una lacia coleta le retiraba todo el pelo de la cara. Todo debía perturbar lo menos posible a mi mente. Debía ser capaz de concentrarme para que todo fuera bien. Llevaba un cuaderno de tapas negras y hojas blancas y un bolígrafo de lo más simple. Me recoloqué y me puse en una postura recta y en guardia para poder captar todo lo que saliera por aquella boca recta y poco deseosa aunque fuera carnosa y lisa. Ella sacó unas preguntas que supuse que eran para mí y empezó:

-Hola, mi nombre es (no lo recuerdo porque estaba distraído con el movimiento de sus labios.)- me ofreció la mano con seguridad mientras seguía diciendo Supongo que ya sabes que esto consiste en que yo te hago preguntas y tu debes ser sincero conmigo y debes responder a todo.-Sacó una grabadora de voz- Esta conversación solo será escuchada por mi, pero después de la sesión repasaré la conversación. Debemos sacar lo máximo que podamos. ¿Empezamos?
- Emm, si. Claro -dije yo como distraído, empezaba mal.- Dispare. Ejem, es decir, adelante.
- Vale. ¿ De que color tiene los ojos?
- Marrones
-¿Claros u oscuros?
- Intermedios.- Estaba tenso con las manos sudorosas y apretadas aunque a medida que pasaban los segundos parecía desvanecerse cualquier cosa que no fuera su voz.
-¿ Que ha hecho esta mañana antes de venir aquí?
- Levantarme, ducharme, tomar café con leche y galletas, arreglarme y venir en metro hasta aquí.  Podía pasarme horas dándole detalles, pero quizás perderíamos el tiempo.- Reacciono y asiento como satisfecho con mi respuesta. Me incómoda su impasibilidad aunque tiene una voz y un rostro que transmite confianza.
-¿Cuantas paradas ha habido en su trayecto?
- Emm, pues... Diez.
- ¿ Cual es su mayor miedo?
- La oscuridad y no vivir mi vida lo suficiente.
-¿Moriría usted por el alguien?
-Si-dije como con indignación por cuestionarlo
-¿Por quien o quienes?
- Por mi madre, por mi padre, por mi hermano y por mi chica. Luego un par de colegas que valen la pena y poco más.
-¿Tiene usted sed?
Acto seguido se me resecó la garganta de golpe y solté una tos ahogada. - Sí.
-¿Le gusta el té?
- Sí, el Earl Grey.
Y un segundo después una señora poco memorable trajo una taza humeante de té y me la dio con timidez y firmeza. El calor de la taza me reconforta, acerco mis manos completamente pegadas a la taza a mi boca para que la posición de la taza no me quemase pero más permitiese oler el contenido. Aparecí en casa viendo una película tonta en la tele con Rufus ronroneando en mi tripa y la manta cumbriéndome de pies a cabeza casi. Pego un sorbo y el sabor me recorre el cuerpo entero y ahora escucho un susurro. Ella me susurra que hoy le ha ido bien el día y que tenia ganas de verme. Luego me dice que me quiere y que ha tenido un día horrible entre sollozos. Y luego lloro yo y una lágrima me recorre el rostro. El sabor de mi lágrima me lleva al mar. A la costa de Galicia a un viaje familiar. Y justo después empiezo a llorar desconsoladamente. Dejo el té en la mesa, me disculpo y salgo de allí. Voy corriendo a besarla a la puerta de la sala de espera. Ella está totalmente descolocada pero no duda en devolverle el beso y me abraza con intensidad. Una voz nos avisa de que podemos irnos y que nos llamarán. Salimos de allí un rato después, porque era incapaz de soltarla. Me ahogaba entre mis lágrimas y el ataque de ansiedad me ahorcaba con violencia. Su olor me relajaba poco a poco, muy poco a poco. Sentía que ella me besaba el pecho ya que no llegaba más lejos.

No hubo preguntas, subimos al coche en silencio y ella conducía. Yo intentaba respirar bien, pero no podía. No presté mucha atención y no supe a donde nos dirigíamos hasta que no había parado el coche. Estábamos en casa. Subimos en silencio, me acompañó al sofá, llamó a Rufus y nos tapó a los tres acurrucados con la manta. No dijo nada. No hizo preguntas. Ella sabia lo que había pasado. Se limitó a abrazarme durante un largo rato. Yo me limité a llorar mientras aspiraba su olor y recibía el calor reflejado por la manta. Aquel fue uno de los días mas largos de mi vida. Aún se me revuelven las tripas y se me humedecen los ojos al pensar en ello.

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