martes, 7 de octubre de 2014

Aquellos labios.

Llegado el día descubrí que aquellos labios desgastados por la nicotina y siempre embadurnados de carmín habían dejado de pertenecerme. Me había cansado de las sonrisas siempre torcidas que surgían de ellos. Me había hartado de soportar las palabras necias que pronunciaban y no podía más.

De antemano me imaginaba que al recibir la terrible noticia aquellos labios comenzarían a escupir suplicas y amenazas, incluso algún reproche hacia mi, pero ninguno lograría afectarme pues estaba todo decidido. Aquellos ojos siempre mal maquillados habían dejado de ser encantadores, habían comenzado a crisparme haciéndome preguntarme si era tan complicado hacerlo bien o si no sería más sencillo no ensuciarlos. Seguramente esos mismos ojos se llenarían de lágrimas que sin descanso intentarían estremecerme de dolor, pero también seria inútil. Yo había dejado de quererla y nada podía remediarlo.

La hora y el lugar del destripamiento estaba clara, lo único que quedaba era esperar y una vez dicho todo librarse del muerto. Había calculado las palabras al milímetro para que ella no pudiera encontrar ni el más mínimo error y que pudiera atacarme con ello.

Llegada la hora fui al lugar concertado solté la bomba y me fui. Me quede satisfecho durante unos segundos pero horas después comencé a sentir un vacío en el pecho, no le di importancia y seguí con el resto de mi día. Tarde en la noche me miré al espejo y por fin lo ví. Todo cobraba sentido. Había un gran agujero que me ocupaba todo el pecho y había una nota. "Ya que mi corazón lo has dejado para el arrastre me quedo con el tuyo que parece más sano".

Ahora estoy en la planta de trasplantes del hospital de al lado y me dicen que me aguante que si no estoy enfermo no me pueden ayudar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario