jueves, 16 de octubre de 2014

Revistas y mares

Quiero
Que mi chico de revista
Se desvista ante mi
No que se quite la ropa
Eso ya no importa

Quiero que sus miedos
Eternos se desvanezcan
Que desaparezcan
Y no vuelvan más

No quiero volver a volar
Con las manos atadas
Arrancadas de mi
El aterrizaje es mortal

Quiero pensar
Que no hay temor
Al amor, a volar
Y ante todo a soñar

Quiero navegar
Por tu mar incierto
Por tu mar adentro
Por tu infierno
Y por tu cielo

Seamos aquellos
Que desnudos con ropa
Que con tormentas
Y con de más copas
Nunca amaron con miedo.

lunes, 13 de octubre de 2014

Dauvas Deaf.

La mañana se había despertado ardiente. Las nubes nacían rugiendo de rabia y de dolor. El rojo fuego ocupaba el cielo. Aquel sería uno de los días más duros de mi vida y en el fondo lo sabía. Todos lo sabíamos. Ninguno de nosotros era totalmente consciente de lo que sucedía. Todos estábamos demasiado descolocados como para razonarlo. Todos nos dirigíamos a aquel lugar lleno de todo, lleno de él y lleno de nosotros sin él.

Dauvas Deaf se había marchado tan de repente que no fuimos casi capaces de asumir su marcha. Había habido unos ligeros avisos previos, pero ninguno, ni siquiera él, tan adivino de todo, lo esperaba. No hubo tiempo para despedirse, debía marcharse antes de que las cosas empeorasen. Nos había marcado a todos, a unos más que otros, pero al fin y al cabo a todos .El mundo le había visto recorrer parajes inhóspitos y hacer viajes increíbles y aún no había terminado con él. Le esperaba el viaje más largo de su vida y nos tocaba seguirlo en él a cada uno en un trayecto. Debía dejarnos instrucciones antes de irse, pero las prisas nos estaban obligando a improvisar, pero antes de llegar más lejos os hablaré de él.

No tuve demasiado tiempo para conocerle, pero siempre supe que era especial. Yo creo que era y siempre será una de las personas más singulares que haya conocido nunca. Le recuerdo siempre callado en las grandes reuniones, su sordera le impedía prestar atención con nitidez a las intervenciones de todos. Siempre me pareció misterioso, pero nunca me dio miedo. Lo suyo siempre fueron las conversaciones individuales y no había ninguna que no me hiciera sonreír. La primera que recuerdo con mayor claridad aún me hace sonreír cada vez que cruza mi mente.

Recuerdo que era noche vieja y lo celebrábamos todos juntos en el,npor aquel entonces,  "Chap". No recuerdo muy bien en que momento de la velada, supongo que antes de los regalos, o durante los de los mayores, antes o después de cenar, pero mi mente me dejó guardar aquello. Estábamos en la barra y me pidió la mano y yo se la enseñé. Yo no entendía que debía pasar con ellas. Recuerdo que las miró con atención, me miró fijamente con todo el cariño de su corazón y me dijo "Tienes unas manos muy bonitas". Nunca hasta ese momento lo había pensado. Yo tenía los dedos alargados al tocar la flauta travesera de metal antes de que me llegasen bien los dedos y eso me los había hecho finos y alargados. Me dijo que era preciosa y me obligó a sonreír incrédula y feliz. Creo que fue una de las pocas veces que alguien me hizo creer de verdad que lo era. Creo que es el momento que tengo más inmortalizado de toda la noche.

Tengo varias lagunas en mi vida, como todo el mundo, supongo, y más aún cuando se es tan joven como yo. La mayor parte de sus intervenciones en mi vida eran en reuniones familiares y con las típicas intervenciones banales sin importancia. Gran parte de mis años a su lado fueron así. Ojalá hubiera podido conocerle más, oír más historias sobre él, haber llegado más lejos, pero supongo que era inevitable. Desde el momento en el que vi la primera señal inevitablemente intenté acercarme a él a toda costa, algo me decía que ya no me sobraba el tiempo. Que debía volar a su lado y así fue con toda la sinceridad que pude. Intenté aprender todo lo que pude de él antes de que se fuera. Su palabra, siempre sabia, me hizo crecer aun más de lo que lo estaba haciendo y su atención a mis palabras me hacía sentirme grande. El orgullo en sus ojos era tal, su interés, su alegría me hacía sentirme importante en el mundo.

Siempre parecía satisfecho con cada palabra que le contase, como si todo lo que hiciera fuera importante. Recuerdo que su barba siempre pinchaba cuando me daba dos besos, y me hacía cosquillas. Nunca hasta ahora me había dado cuenta de algo tan importante como mi similitud a él. Siempre fui escritora aunque no lo supe. Nunca hubo mejor lector que él. No hubo tiempo para recomendaciones, ni casi críticas, pero su cara de emoción  al leer,  posiblemente, el mejor de mis relatos, me lo dijo todo. Creo que de verdad aquel día tan cercano y tan lejano me hizo sentirme durante unos segundos una escritora de verdad. Su apoyo, ese parecido con él me hacía sentir única. Sé que me esta leyendo atentamente mientras escribo, gracias.

Quizás no fui la que más le conoció, ni mucho menos, pero no puedo agradecer más los últimos momentos porque los recordaré siempre como felices. Tras los primeros avisos empecé a preocuparme, casi demasiado a menudo por él y casi a asustarme, pero siempre celebré cada día más, pues un guerrero es aquel que lucha hasta el final, y él siempre lo hizo. Siempre fue un héroe mal recompensado, pero nunca será olvidado. Creo que nunca le llegué a decir con palabras lo mucho que le apreciaba, pero creo que él lo sabía. Siempre será un gran ejemplo de valor y valentía para mi. Siempre recordaré su sabiduría, su calor, su cercanía y su forma tan especial de vivir la vida, de disfrutar los momentos.

Creo que con esto os he dado una imagen mía de él. ¿A que era increíble? Yo había decidido ir a Rusia a cumplir sus anécdotas y así haría más adelante. Creo que por el momento reconstruiré aquella casita que siempre hice mía en Los Molinos. Aquella casita ahora algo derruida que siempre me hizo recordarle a él. Espero poder emprender aquel viaje prometido en su compañía pronto y poder tener otra cosa que contar igual que lo hacía él.

martes, 7 de octubre de 2014

Aquellos labios.

Llegado el día descubrí que aquellos labios desgastados por la nicotina y siempre embadurnados de carmín habían dejado de pertenecerme. Me había cansado de las sonrisas siempre torcidas que surgían de ellos. Me había hartado de soportar las palabras necias que pronunciaban y no podía más.

De antemano me imaginaba que al recibir la terrible noticia aquellos labios comenzarían a escupir suplicas y amenazas, incluso algún reproche hacia mi, pero ninguno lograría afectarme pues estaba todo decidido. Aquellos ojos siempre mal maquillados habían dejado de ser encantadores, habían comenzado a crisparme haciéndome preguntarme si era tan complicado hacerlo bien o si no sería más sencillo no ensuciarlos. Seguramente esos mismos ojos se llenarían de lágrimas que sin descanso intentarían estremecerme de dolor, pero también seria inútil. Yo había dejado de quererla y nada podía remediarlo.

La hora y el lugar del destripamiento estaba clara, lo único que quedaba era esperar y una vez dicho todo librarse del muerto. Había calculado las palabras al milímetro para que ella no pudiera encontrar ni el más mínimo error y que pudiera atacarme con ello.

Llegada la hora fui al lugar concertado solté la bomba y me fui. Me quede satisfecho durante unos segundos pero horas después comencé a sentir un vacío en el pecho, no le di importancia y seguí con el resto de mi día. Tarde en la noche me miré al espejo y por fin lo ví. Todo cobraba sentido. Había un gran agujero que me ocupaba todo el pecho y había una nota. "Ya que mi corazón lo has dejado para el arrastre me quedo con el tuyo que parece más sano".

Ahora estoy en la planta de trasplantes del hospital de al lado y me dicen que me aguante que si no estoy enfermo no me pueden ayudar.