martes, 8 de julio de 2014

Yo me perdí en la ciudad, el debió perderse en el mar.

No se que será de aquel niño con el que solía jugar en mi infancia. Recuerdo como sonreía con los ojos brillantes cuando nos encontrábamos en aquel parque lleno de niños chillones e insolentes que maldecían a sus padres por regañarlos cuando hacían mal.

A nosotros nos gustaba hacer castillos en la arena e imaginar historias que sucedieran entre esos muros macizos de arena, piedras y agua. Unas veces él era el príncipe y yo la princesa a la que salvar y corríamos y escalábamos por los arboles creyéndonos nuestras historias. Otras veces yo era la reina y él el sirviente o viceversa. Eramos tan felices juntos que la hora de volver a casa se convertía en el último momento de libertad antes de que te encierren de por vida.

Pasábamos las horas deseando volver a vernos y nuestros reencuentros eran poco intensos pues todo el tiempo gastado en ello era menos tiempo para jugar. Mi madre me decía que parecíamos novios y yo me sonrojaba avergonzada . Me gustaba mucho. Él era el niño más guapo de todo el parque pero también era el más interesante. Siempre tuve un gusto especial por el misterio y la fantasía y el era una buena porción diaria de ambas cosas.

Un día cuando llegué al parque supe que algo iba mal. Ese día él no estaba feliz como de costumbre, ni sonreía, ni le brillaban los ojos. Sus padres le habían dicho que el día siguiente se mudarían a la costa y dejaríamos de vernos. Lloramos como si el mundo se fuera a acabar aunque eso era lo que iba a pasarnos. Habíamos creado un mundo sólo para nosotros y pronto desaparecería para siempre y sólo seria un viejo recuerdo. Lloré durante semanas y me negué a ir al parque. Nadie me entendía, él se había ido y yo estaba sola.

No se que será de aquel niño con el que solía jugar en mi infancia. Yo me perdí en la ciudad, el debió perderse en el mar.

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