miércoles, 16 de julio de 2014

Ojalá yo fuera Peter Pan.

Yo ya crecí hace muchos años, y aunque digan que nunca dejamos de crecer, es mentira. Llegada una cierta edad uno deja de crecer y empieza a hacerse viejo. Yo ya soy viejo, pero me consuela saber que aún podría ser mas viejo aunque paradójicamente deseo llegar a serlo. Pero llegar a serlo bien, no vegetal o casi inmóvil. Yo quiero ser un viejo persona que hable, camine, escuche, vea y demás solo con algo de dificultad, que para muebles ya están los de mi casa.

Lo que les decía, yo ya crecí hace muchos años y no soporto que me traten como a un crío a mi edad. Está bien eso de que te expliquen cosas que ahora para los niños son básicas de aprender, pero la gente debería diferenciar mejor a quien enseñan. También es cierto que algunos ancianos, obviamente más viejos que yo, son como niños viejos, pero yo creo que son fácilmente reconocibles por su comportamiento.

Ahora les explico a que viene esto. El otro día mi hijo, que ya se cree que sabe como van las cosas, me enseñó burlescamente a utilizar una tablet. Me daba la sensación de que mi hijo, aquel que en su juventud tanto me admiraba y respetaba, me estaba tratando como a un ignorante estúpido y recién caído de un guindo. He de admitir que en el tema tecnológico lo soy, pero eso no significa que automaticamente haya pasado a serlo en todo.

A veces pienso que la reencarnación existe y si es así yo quiero morirme ya y que el resto de mi vida espiritual consista en crecer una y otra vez, pero que nunca vuelva a envejecer. Pero creo que tendré que esperar a morirme yo por mi cuenta, pues ante todo amo la vida y no correría el riesgo de perder la única vida que me queda por unas conjeturas aún no demostradas.

martes, 8 de julio de 2014

Yo me perdí en la ciudad, el debió perderse en el mar.

No se que será de aquel niño con el que solía jugar en mi infancia. Recuerdo como sonreía con los ojos brillantes cuando nos encontrábamos en aquel parque lleno de niños chillones e insolentes que maldecían a sus padres por regañarlos cuando hacían mal.

A nosotros nos gustaba hacer castillos en la arena e imaginar historias que sucedieran entre esos muros macizos de arena, piedras y agua. Unas veces él era el príncipe y yo la princesa a la que salvar y corríamos y escalábamos por los arboles creyéndonos nuestras historias. Otras veces yo era la reina y él el sirviente o viceversa. Eramos tan felices juntos que la hora de volver a casa se convertía en el último momento de libertad antes de que te encierren de por vida.

Pasábamos las horas deseando volver a vernos y nuestros reencuentros eran poco intensos pues todo el tiempo gastado en ello era menos tiempo para jugar. Mi madre me decía que parecíamos novios y yo me sonrojaba avergonzada . Me gustaba mucho. Él era el niño más guapo de todo el parque pero también era el más interesante. Siempre tuve un gusto especial por el misterio y la fantasía y el era una buena porción diaria de ambas cosas.

Un día cuando llegué al parque supe que algo iba mal. Ese día él no estaba feliz como de costumbre, ni sonreía, ni le brillaban los ojos. Sus padres le habían dicho que el día siguiente se mudarían a la costa y dejaríamos de vernos. Lloramos como si el mundo se fuera a acabar aunque eso era lo que iba a pasarnos. Habíamos creado un mundo sólo para nosotros y pronto desaparecería para siempre y sólo seria un viejo recuerdo. Lloré durante semanas y me negué a ir al parque. Nadie me entendía, él se había ido y yo estaba sola.

No se que será de aquel niño con el que solía jugar en mi infancia. Yo me perdí en la ciudad, el debió perderse en el mar.